lunes, 5 de agosto de 2013

Presentación de la antología Letras y músicas

El martes 30 de julio a las 19, fue la presentación del libro Letras y Músicas, de Diego Paszkowski (Ed. Clásica y Moderna). El encuentro se desarrolló en la Sala Batato Barea del Centro Cultural Ricardo Rojas.

Letras y Músicas es la nueva antología de jóvenes escritores surgidos de los talleres de escritura coordinados por Diego Paszkowski, docente del Centro Cultural Ricardo Rojas. La presentación contó con la presencia de los editores Natu Poblet y Diego Paszkowski, y los escritores Hernán Pueyrredon y Vicente Battista. Las canciones fueron de Brian Chambouleyron.


jueves, 11 de abril de 2013

La noche del día del fin del mundo


(Cuento publicado en la antología "Ante el fin del mundo" y compartido en el ciclo Traspapelados).

Alrededor de la estación de servicio interprovincial se dan cita la necesidad de combustible, el sueño, los almuerzos o cenas de los miles de camioneros que aplanan el fértil paisaje argentino.
Cada vehículo que ingresa a los nocturnos dominios del establecimiento, inicia una lenta procesión hacia el centro de la nebulosa Diesel para luego ramificarse hacia el estacionamiento, un lugar donde la continua presencia de camiones, junto a la alfombra de canto rodado que los dueños de la estación de servicio desplegaron para combatir los charcos de la lluvia, impiden que el pasto, los yuyos y cardos puedan desarrollar su gracia, lo que somete el terreno a una singular desertificación, pequeño ecosistema que se completa cuando un camión, al reanudar el traslado de su carga, dejan un espacio en seguida completado por otro compañero que ingresa al lugar.
En la fila para arrimarse a los surtidores, robots siempre listos para propulsar por sus narices de goma el poderoso fluido verdoso, se encuentra un camión que, a sus espaldas, arrastra el chillido de sesenta y cinco rozagantes cerdos castrados, distribuidos en dos pisos, los de la planta baja castigados por una lluvia intermitente y fastidiosa. Para coronar el grotesco espectáculo porcino, el paragolpes, en grandes letras rojas, titula:

“lo mejor que hizo mi vieja es el pibe que maneja”.

A pesar del calor de noviembre, lo que los años respetaron de El Pibe calienta agua gracias a la practicidad de conectar una transpirada resistencia metálica al encendedor del camión, para luego sumergirla en el termo que anida en una estructura de alambre enroscada al panel de control; en el lugar donde, luego de presionar un botoncito que el cilindro conservador presume en lo alto, cae el chorrito de agua a punto de hervir, los alambres improvisan un espacio para el mate del conductor, una calabaza decapitada a orillas del río Paraná devenida en recuerdo de la virgen de Itaití. Unos segundos antes de que el agua hierva, el camionero apaga el calentador, pone la tapa al termo, prepara la yerba en el mate y da comienzo a una reincidente ceremonia privada: humedecer la yerba y luego absorber la infusión a través de una bombilla de acero inoxidable, en su centro la imagen del Gauchito Gil, fiel protector de todos sus viajes, un bocinazo en cada templo que se alza en las banquinas, al que también rinden honores un conjunto de cintas rojas que se  precipitan desde el espejo retrovisor de la cabina, un reflector sin uso posible, ya que a sus espaldas el Pibe lleva una pequeña habitación, una litera en la que apenas puede enlatar sus ciento veinte kilos y la novedosa verruga que se asoma en su antebrazo izquierdo. Al contrario de lo que sucede en otros camiones, el techo de esta casita móvil no está decorada con pudorosas imágenes norteamericanas, la conejil ideología machista de Hugh Heffner enmarcada en cielos de metal, sino con fotografías del conductor y su esposa junto a sus hijos, el día en que se casaron, las vacaciones que pudieron disfrutar a orillas del río, la última fiesta de cumpleaños antes del repentino ataque cerebral, y debajo de una fotografía de ella de cuerpo entero la leyenda “me guía en el camino”.
Tres bocinazos cortos provenientes del camión de atrás le indican que llegó su turno de cargar combustible. Luego de arrimarse junto a los surtidores, detiene el motor y, al descender, al Pibe lo sorprende la fuerza con que las melodías se despegan de los parlantes del establecimiento; no se trata del agradable compás de una música funcional, sino del transpirado ritmo del reggaetón.  En lugar del cordial saludo con que acostumbran recibirlo, el primer punto de una buena atención con el que todos los empleados de las estaciones de servicio están obligados a cumplir, lo recibe el estallido del vidrio del minimercado. Una estrella que cae sobre el piso del establecimiento.

-Qué carajo…

Entre las góndolas cargadas de paquetes de papasfritas, galletitas, artículos para el cuidado de autos y camiones, ositos de peluche, revistas, helados, golosinas, cigarrillos, sándwiches, medialunas, termos, agua mineral, gaseosas, jugos, cerveza, vino, champagne, sidra, aspirinas, linternas, preservativos, llaveritos con el escudo de clubes de fútbol y todo lo que necesario para renovarse luego de un extenso viaje por las rutas argentinas, hace su entrada una comunidad de nudistas que bailan al ritmo de la música, a la vanguardia el más redondo de los siete, en sus hombros la bamboleante felicidad de la única mujer del grupo, sobre cuyos pechos se derrama la líquida suavidad de una botella de sidra recién abierta.

-Qué carajo…

Desde atrás del surtidor, una risita nerviosa firma la grotesca escena chaquense, lo que parece una burla a la sorpresa que lo rodea, y el camionero se asoma para descubrir, sentado en el suelo, a un joven vestido con el mameluco azul y blanco que identifica a los trabajadores del establecimiento; luego de sacarle la lengua al recién llegado, inclina la cabeza para aspirar un poco más de los vapores que se dibujan desde el interior de un bidón lleno de nafta.

-¿Qué carajo pasa, flaco?

A pesar del mareo, del ardor en la garganta, de los ojos quemados por el calor y el placer del solvente al ingresar al torrente sanguíneo a través de los pulmones, el playero hace un esfuerzo para alcanzarle al visitante un panfleto de los muchos que se arrastran por el piso y anunciarle:

-Hoy se termina todo…
El camionero acepta el papel que se le ofrece y pregunta:
-¿Qué se termina?
-Todo…
-¿Todo el qué?
-El mundo, pelotudo, el mundo…

Junto con la revelación, el playero eleva a los cielos el bidón de nafta y luego lo agita para que gotitas de histeria bendigan su rostro y las sandalias de El Pibe, una fina película de plástico verde que lo mantiene a un centímetro del suelo. Más allá del fin del mundo que el alucinado verbaliza, el conductor tiene un tiempo de entrega que cumplir, las puertas del frigorífico no están abiertas las veinticuatro horas, por efecto del calor y la falta de agua los cerdos que transporta pueden desmayarse y morir bajo las pezuñas de sus compañeros, y ante la dificultad que se avecina para poder cargar gasoil de la forma más rápida y servicial posible para luego descansar unos minutos en el estacionamiento, permite que sus facciones boceten el fastidio de quienes asisten obligados a la ceremonia de un culto que les resulta ajeno. Sin embargo, a un nuevo estallido de vidrios y gemidos de placer provenientes de la poliforme orgía del minimercado, ahora se le suma la voz del locutor de la radio sintonizada:

-…la música que te gusta hasta que termine el mundo. El veintiuno de diciembre de dos mil doce los mayas predijeron el fin del mundo y eso es hoy, hoy, hoy, hoy, hoy todos a bailar hasta que en un par de horas la cosa explote…

El disc jockey musicaliza el apocalipsis con el locuaz conjunto puertorriqueño que insulta a la colonización estadounidense pero de seguro cede sus derechos a una discográfica de ese país, y al ser comunicada través de un medio masivo, y no desde el delirio de la más baja adicción, para El Pibe la noticia cobra la relevancia de una verdad, y el panfleto que aún sostiene aprovecha la ocasión para lamerle la mano, lo que estimula a los ojos del camionero a leer las letritas que decoran su cuerpo, un informe de los últimos sucesos astrológicos, alineaciones planetarias y estallidos solares que indican, para el día viernes, una última gran explosión que achicharrará el planeta entero; al pie destella el nombre del chamán que asegura la salvación del alma a quien se desprenda de y, como prueba fehaciente del hecho, le haga llegar, todo bien material que posea. Los hijos del camionero se materializan en la predicción latinoamericana, en la desagradable sorpresa de la inminencia del último acto de la raza humana, y el viajero interprovincial calcula la cantidad de kilómetros, rutas, desvíos, caminos, autopistas y más rutas que los alejan, distancias imposibles de superar en lo que queda de este último día; y por eso, elige la comodidad de la tecnología, zambullir la mano en busca del celular que guarda en su pantalón, abrirlo, presionar un botón lateral y generar el marcado automático con sólo decir el nombre de su hija:

-Noelia
-Extraterrestre…
-Noelia

La conexión con la hija, vodka, marihuana y sexo con amigos del trabajo, no se genera, y al pedir el camionero explicaciones al teléfono móvil, la pantalla le informa que está fuera de servicio.

-Extraterrestre…
-Qué pasa, pelotudo, qué pasa…

Ante la sorpresiva tempestad camionera, el playero se estremece, llora, se aferra al bidón y luego se tranquiliza con suaves caricias a la textura impermeable.

-Los celulares no andan.
-¿Por?
-¿Sos de otro planeta, vos? 
-No…
-La tormenta solar bloquea las señales…
-¿Y la radio?
-Banda ancha.

Entre la calurosa baba nocturna de diciembre, la razón de no haberse enterado antes del fin del mundo impacta en el camionero: en su nuez metálica, el celular y la radio son quienes le informan de las últimas novedades, sus contactos telefónicos nunca reclamaron su atención, y en el sintonizador de frecuencia modulada y amplitud modulada sólo pudo encontrar estática. En la chacra donde cargó el acoplado tampoco le informaron de nada, pero fue muy temprano a la mañana y allí tampoco parecían contar con medios de comunicación no radiales. En busca de una explicación divina, el camionero se atreve a mirar las estrellas y se encuentra con un firmamento más claro que de costumbre, en el horizonte una línea anaranjada de la que, de repente, se libera un deslumbrante dragón de fuego.

-A la mierda…
-… y ahora mensajes, haciéndote el aguante antes de que el calor arrase: “Un saludo a todos los que me dieron alegría en esta vida, mi familia, mis hijos, que Dios nos tenga en su gloria, Mauro, de Paso de la Patria. Sergio, sos el amor de mi vida, doy gracias de poder irnos juntos, te amo, Yasmín. Todas las nenas que quieran venir tamos en Perón 379, los pibes de la casona, Resistencia. Mamá, no extrañes más, dentro de poco la familia va a estar toda junta con vos, donde quiera que estés, Natalia, de Formosa”. En breve termina el día, termina el mundo, pero el baile sigue, sigue, sigue, sigue…

Al camionero le gustaría contactarse con su familia, idear entre todos algún plan para resistir el incomprensible ataque del sol, y para lograrlo analiza conquistar la fibra óptica que ostenta el minimercado, parte de un cable que da cinco vueltas al mundo, buques cargueros que hacen frente a las tempestades y monstruosidades oceánicas, para que en una ruta del Chaco un grupo de personas puedan escuchar los hits del momento a través de internet, pero, al buscar una computadora con la mirada, sólo descubre que más personas se unieron al placer del sexo y el saqueo, un salvaje intercambio al que, por ahora, no desea aproximarse porque, recién enterado de la noticia, en El Pibe el sentimiento de supervivencia es mayor que en el resto de los que lo rodean.
Sin dar mayor importancia al libertinaje que se le propone, él mismo se pone a llenar el tanque de gasoil y, mientras el chasis embucha todo el combustible posible, el Pibe, decidido a buscar a alguien que no se haya sumado a la locura del fin del mundo, se acerca a los camiones estacionados y su fluorescente fauna nocturna:  un grupo de mujeres ofrece su cuerpo a valores absurdos y festejan cuando, a cambio del mayor placer, un transportista se desprende de su vehículo; un travesti mata de un tiro a su madre y baila sobre el cadáver de la trata de personas, cinco años de esclavitud en los peores espacios de las veintitrés provincias que entristecen al país; dentro de una de las cabinas, dos hombres se acarician mientras ven una película erótica en un reproductor portátil de dvd, en el frío de la pantalla las últimas tendencias sexuales de los holandeses; y al fin El Pibe encuentra el cristiano sosiego de una familia, reunida alrededor de una mesa plegable, junto a un acoplado cargado de maíz, pero al acercarse descubre, en sus platos, las pastillas insecticidas que se utilizan durante el transporte de cereales y, en los ojos de hijos y de padres, la blancura de la nieve. Luego de persignarse, ante el sin sentido de la muerte, el camionero manifiesta su plan de escape:

-Yo me rajo.

Los pasos sobre el pedregullo marcan el ritmo de la supervivencia, un compás veloz a pesar del kilaje del camionero que, cuando las ojotas chancletean el pavimento que abraza a los surtidores, dejan lugar a los agudos. Desde la jaula, los cerdos observan preocupados el volátil lago verdoso que se ha formado alrededor del camión, una masa de gasoil alimentada por el manantial, que rebalsa desde el tanque de combustible, sobre el que el playero ensaya el grácil buceo de las ranas mexicanas, y reclaman con sus chillidos un poco de atención ante el cataclismo natural que intuyen cada vez más próximo. El camionero vuelve a tentarse con la posibilidad de sumar su volumen a la plastilina que vibra de placer dentro del almacén rutero, pero de inmediato reprime la idea con la imagen de los suicidas, por lo que escala hasta la cabina, enciende el motor, pone primera y vuelve a la ruta, torrente sanguíneo que al menos lo aproxima, de alguna forma, a su familia. Se aleja de los adoradores del apocalipsis maya, ante el innegable peligro estelar que acosa el planeta párrocos europeos cuestionan la numerología de las sagradas escrituras, sin embargo él siente que en sus espaldas lleva el peso total del fin del mundo, que no puede defraudar a su mujer y a sus hijos, hasta que, a un costado del camino, junto a un árbol, distingue un grupo de banderas rojas y, sujeta al árbol con alambre, puede ver una casita iluminada con velas; desde la bombilla de acero inoxidable, la argentinísima mirada del gauchito gil desafía a cualquier profecía que siquiera se atreva a pensar en lastimar a sus seguidores.  El volante forjado en los Estados Unidos en mil novecientos ochenta y cinco, distinguido con el nombre de Ford en su centro, es girado hacia un lado para que el camión baje a la banquina y luego se detenga junto al pequeño templo correntino. El Pibe recuerda domingos compartidos en familia, bajo los árboles de otra banquina, el asado con las brasas de los troncos que juntaban entre varios, la siesta mientras los chicos corrían por la pastura estatal, la caminata con su mujer hasta un templo cercano, donde encendían una vela colorada y pedían que el padre de ella se curase, una ofrenda que parecía aliviar el dolor paterno, pero que ante el cataclismo espacial el camionero estima ahora demasiado sencilla. Recuerda la historia del santo federal, su inocente sangre derramada por el cuchillo de la milicia, el primer milagro que realizó y que le concedió al hombre que lo degollara; piensa en los sesenta y cinco cerdos que chillan en el acoplado, y en la sangre con que los mayas regaban sus cultivos; en el reloj del celular todavía faltan veinte minutos para que concluya la noche del día del fin del mundo. El camionero desliza una mano detrás del respaldo de la butaca para que, a la luz del sol que ilumina la noche brille un cuchillo; desciende del camión, saluda a la radiante imagen del gauchito gil en el árbol,  ubica un tablón en el acoplado, abre la jaula y, con ayuda de un lazo, pesca al primero de los cerdos, el grito promovido por la intuición de que nada bueno hay al ser arrastrado por la fuerza frente a un grupo de velas; cuando el cuchillo penetra la suavidad del cuello, desde el sol se eleva una nueva columna de fuego. El rito se repite una y otra vez, y la carnicería porcina atrae la desesperación de otros desertores del fin del mundo, que estacionan junto a los foquitos blancos, verdes, amarillos, rojos, blancos, azulinos y anaranjados del camión; para ayudar al profeta de las pampas, improvisan poleas y cuelgan del árbol, boca abajo, a los cerdos sacrificados y a los por sacrificar, encienden nuevas velas, rezan, se abrazan a la espera de la última explosión solar. El paisaje se ilumina con cada destello del astro, hectáreas delimitadas por alambre de púa, terrenos manchados por alguna palmera y las jorobas de los cebúes, esteros desde donde se alza el canto de las ranas, montes poblados de aves que alzan su vuelo, arroyos y luego ríos que desembocan todo el marrón de la tierra en el azul del mar. En el reloj del celular, las doce y cinco.

-…vive, vive, vive, vive, seguimos acompañándote con la mejor música, porque a tu radio no la apaga ni el fin del mundo, ahora sonando desde Brasil y ascendiendo al puesto número dos el hit…

Hernán Pueyrredon

martes, 28 de agosto de 2012

El viento dice: rock y poesía

 
 
El jueves 30 de agosto a las 21 hs. leen Martín Servelli, Maxi Lorenzo y Joaquín Linne; rockean los Monos al Aire; y pinta Marcelo López.
 
 
 
 
 

jueves, 26 de julio de 2012

Serrat dice: Algo personal!



Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.

Probablemente que todo eso debe ser verdad
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas.

Hombres de paja que usan la colonia y el honor
para ocultar oscuras intensiones,
tienen doble vida, son sicarios del mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad
viajan de incógnito en autos blindados
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales,
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.

Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es de el otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Y como quien en la cosa nada tiene que perder,
pulsan la alarma y rompen las promesas,
y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer
nos ponen la pistola en la cabeza.

Se agarran de los pelos pero para no ensuciar
van a cagar a casa de otra gente
y experimentan nuevos métodos de masacrar,
sofisticados y a la vez convincentes.

No conocen ni a su padre cuando pierden el control
ni recuerdan que en el mundo hay niños
nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Pero eso sí, los sicarios no pierden ocasión
de declarar públicamente su empeño
en propiciar un diálogo de franca distención
que les permita hallar un marco previo,
que garantice unas premisas mínimas,
que faciliten crear los resortes,
que impulsen un punto de partida sólido y capaz
de Este a Oeste y de Sur a Norte
donde establecer las bases de un tratado de amistad
que contribuya a poner los cimientos
de una plataforma donde edificar
un hermoso futuro de amor y paz.


lunes, 16 de julio de 2012

Guillermo Tangelson dice: Ante el fin del mundo



Guillermo Tangelson es el compilador de ésta antología de cuentos "que se propone como una respuesta desde la literatura a la especulación actual sobre el fin de las cosas".

Lo editó la Universidad Nacional de Lanús y, en tanto Universidad Urbana Comprometida, ha decidido donar parte de lo recaudado a distintos comedores populares del conurbano bonaerense porque "creemos en este acto de creación como una oportunidad para perdurar y en este libro como un escudo ante el fin del mundo".

Autores:

Florencia Abbate
Nélida Álvarez
Roni Bandini
Belén Caccia
Matías Castelli
Ana Cecchi
Máximo Chehin
Fernando Chulak
Julia Coria
Azucena Galettini
Mariela Ghenadenik
Estrella Gioia
Ezequiel González
Maximiliano Matayoshi
Gervasio Noailles
Florencia Pacífico
Flavia Propper
Hernán Pueyrredon
Flavio Schiaffino
Silvia Schujer
Samanta Schweblin
Federico Simonetti
Mariana Skiadaressis
Pablo Toledo
Gabriel Vommaro
Tomás Wortley
Matilde Wentzel
Alexis Winner

http://www.antigonalibros.com.ar/fichaLibro?bookId=219910

http://www.libreriahernandez.com/ficha_del_libro.spy?bookId=298652